Qué hacer con el apetito bajo cuando hay gripa
Qué hacer con el apetito bajo cuando hay gripa

Qué hacer con el apetito bajo cuando hay gripa

La escena es conocida en muchas casas mexicanas: un niño acostado en el sillón, con la nariz tapada, una cobija hasta la barbilla y un plato de sopa que lleva media hora enfriándose sobre la mesa. Mamá insiste en que coma tres cucharadas más. El niño mueve la cabeza. La abuela asegura que necesita alimentarse para recuperar fuerzas. Y, mientras tanto, la sopa sigue intacta.

Cuando los niños tienen gripe, una de las primeras cosas que suele cambiar es su apetito. Aquellos que normalmente piden repetir la comida pueden pasar el día sin querer probar casi nada. Es comprensible que esto preocupe a sus familias, especialmente cuando aparece fiebre, tos o dolor de garganta.

Pero hay algo que conviene saber: durante una infección respiratoria, es frecuente que los niños coman menos de lo habitual durante un periodo breve.

La prioridad no siempre es conseguir que terminen un plato. Muchas veces resulta más útil mantenerlos bien hidratados, ofrecer pequeñas cantidades de alimentos fáciles de consumir y observar cómo evoluciona su estado general.

Eso sí, no todos los niños tienen las mismas necesidades. Los bebés, los pequeños con enfermedades crónicas y quienes presentan signos de deshidratación requieren mayor atención.

Entonces, ¿qué alimentos ofrecer cuando un niño está enfermo y no quiere comer? ¿Conviene insistir? ¿Cuánto tiempo puede pasar con poco apetito?

Vamos por partes. Porque cuidar también significa reconocer cuándo una cucharada más no es necesaria.

¿Por qué los niños pierden el apetito cuando tienen gripe?

El organismo no funciona igual cuando está sano que cuando combate una infección.

Durante una enfermedad respiratoria pueden liberarse sustancias relacionadas con la respuesta inflamatoria que influyen en el hambre, el cansancio y la sensación general de malestar.

La fiebre, la congestión nasal y el dolor de garganta también pueden dificultar la alimentación.

Pensemos en un niño que tiene la nariz completamente tapada. Comer requiere respirar, masticar y tragar de manera coordinada. Si cada bocado le resulta incómodo, probablemente perderá interés en la comida mucho antes de sentirse satisfecho.

En otros casos, el problema es el sabor.

La congestión puede disminuir temporalmente la percepción de los aromas, haciendo que alimentos normalmente apetecibles resulten menos atractivos.

Y si hay dolor al tragar, incluso su platillo favorito puede convertirse en una molestia.

Aquí vale la pena distinguir algo: en México solemos llamar gripe a diferentes infecciones respiratorias. Sin embargo, un resfriado común no es lo mismo que la influenza.

La influenza puede provocar fiebre, dolores musculares, cansancio intenso y complicaciones, especialmente en niños menores de cinco años y en quienes presentan determinadas condiciones médicas.

Los síntomas pueden parecerse, de modo que no siempre es posible distinguir ambas enfermedades sin una valoración clínica.

Cuando un niño con gripe no quiere comer, ¿hay que preocuparse?

Depende de cuánto tiempo lleva comiendo poco, de su edad y, sobre todo, de cómo está bebiendo y comportándose.

Un niño que rechaza una comida, pero acepta líquidos, está despierto, responde normalmente y continúa orinando puede encontrarse en una situación muy diferente de otro que permanece decaído, no logra beber y lleva varias horas sin orinar.

Esto no significa ignorar por completo la alimentación. Los niños necesitan energía y nutrientes para crecer y recuperarse. Pero durante un episodio breve de enfermedad, puede ser razonable ofrecer comidas pequeñas sin obligarlos a consumir las cantidades habituales.

La hidratación y el estado general del niño suelen ser indicadores más urgentes que el número de cucharadas que comió en una sola comida.

Si el apetito disminuye de forma importante durante varios días, el niño pierde peso, rechaza persistentemente los líquidos o tiene una enfermedad previa, corresponde consultar con su pediatra.

El primer alimento quizá no sea comida: puede ser un poco de agua

Cuando hay fiebre, el organismo puede perder más líquidos de lo habitual.

Si el niño también respira por la boca debido a la congestión nasal, puede experimentar mayor sensación de resequedad.

Por eso, ofrecer líquidos regularmente es una medida sencilla y útil.

Para niños mayores de seis meses que ya consumen alimentos complementarios, el agua puede formar parte de la hidratación, junto con la leche materna o fórmula cuando corresponda y otros líquidos apropiados para su edad.

En menores de seis meses, la alimentación e hidratación deben basarse en leche materna o fórmula infantil, salvo indicación médica específica. No debe ofrecerse agua simple como sustituto de sus tomas.

Para niños mayores, puedes ofrecer pequeños sorbos de agua con frecuencia, sin esperar a que pidan un vaso grande.

El caldo también puede contribuir a la ingesta de líquidos.

Ahora bien, si aparecen vómitos, diarrea o signos de deshidratación, puede ser necesario utilizar una solución de rehidratación oral de composición adecuada, como las disponibles en farmacias y servicios de salud en México.

Las bebidas deportivas, los refrescos y los jugos no sustituyen de manera equivalente a una solución de rehidratación oral.

Y si un niño no puede retener líquidos, está muy somnoliento o presenta signos importantes de deshidratación, necesita valoración médica.

falta de apetito

Siete comidas sencillas que puedes ofrecer cuando baja el apetito

No existe una receta capaz de curar la gripe. Tampoco hay un ingrediente que obligue al sistema inmunitario a recuperarse más rápido.

Pero ciertos alimentos pueden ser más fáciles de aceptar cuando hay cansancio, congestión o molestias al tragar.

La clave está en la temperatura, la textura y el tamaño de las porciones.

1. Caldito de pollo con verduras bien cocidas

El caldo de pollo tiene una reputación casi legendaria en los hogares mexicanos.

Y aunque no cura las infecciones respiratorias, puede resultar reconfortante, especialmente cuando se sirve tibio.

Prepara una olla pequeña con pollo sin piel, chayote, zanahoria, calabacita y una cantidad moderada de sal.

Cocina hasta que las verduras estén suaves y el pollo completamente cocido.

Para niños pequeños, desmenuza cuidadosamente la carne y corta las verduras en trozos apropiados para su edad.

Si el niño solo acepta unas cucharadas de caldo al principio, puedes ofrecerle más después.

No es necesario que termine todo el plato.

Evita servirlo demasiado caliente. Cuando existe dolor de garganta, las temperaturas extremas pueden aumentar la incomodidad.

2. Puré de papa con un poco de aceite de oliva

Hay días en los que masticar parece demasiado trabajo.

Un puré suave puede ser una opción práctica.

Cuece la papa hasta que esté completamente blanda, machácala y añade un poco de leche adecuada para la edad del niño o agua de cocción.

Puedes incorporar una pequeña cantidad de aceite de oliva para mejorar la textura.

La papa aporta carbohidratos, que sirven como fuente de energía.

No es necesario convertir el puré en una preparación excesivamente pesada con grandes cantidades de mantequilla o crema.

Una porción pequeña puede ser suficiente para comenzar.

3. Arroz suave con pollo deshebrado

El arroz bien cocido suele tener una textura fácil de masticar.

Puedes prepararlo con suficiente agua para que quede suave y agregar pollo cocido finamente deshebrado.

Si el niño acepta verduras, incorpora zanahoria cocida en trocitos pequeños.

Esta preparación combina carbohidratos y proteína, aunque no tiene que consumirse en grandes cantidades para ser útil.

A veces, cuatro o cinco cucharadas aceptadas con tranquilidad valen más que un plato completo acompañado de llanto y discusiones.

4. Avena tibia con plátano

La avena puede funcionar en desayunos o meriendas cuando el niño no desea alimentos salados.

Cocínala con agua o leche apropiada para su edad hasta conseguir una consistencia suave.

Después agrega un poco de plátano machacado.

No necesitas añadir azúcar.

El plátano aporta dulzor natural, mientras la avena contiene carbohidratos y fibra.

Si el niño tiene dolor de garganta, verifica que la preparación esté tibia y no caliente.

En bebés que ya iniciaron alimentación complementaria, la textura debe adaptarse a su desarrollo y a los alimentos que hayan incorporado de forma segura.

5. Yogur natural con fruta suave

Los alimentos fríos pueden resultar agradables para algunos niños con molestias en la garganta.

Un yogur natural pasteurizado, sin exceso de azúcar añadido, puede ser una opción para quienes ya consumen lácteos de forma habitual y los toleran bien.

Puedes acompañarlo con papaya machacada o plátano.

Evita los trozos grandes o duros en niños pequeños por riesgo de atragantamiento.

Si el menor presenta vómitos, malestar digestivo o alguna intolerancia, conviene adaptar la elección.

No todos los niños se sienten bien comiendo lo mismo durante una enfermedad.

6. Sopa de fideo con verduras

En muchas casas, la sopa de fideo es la primera respuesta cuando alguien se enferma.

Puede prepararse con jitomate, cebolla, ajo y verduras muy bien cocidas.

Utiliza una cantidad moderada de aceite y procura que los fideos tengan una textura suave.

Si el niño tiene hambre, puedes agregar pollo o complementar la comida con otra fuente de proteína.

Si únicamente quiere unas cucharadas, tampoco hay razón para convertir el almuerzo en una negociación interminable.

7. Huevo revuelto suave con tortilla

No todos los niños enfermos quieren sopas.

Algunos prefieren alimentos conocidos que comen habitualmente.

Un huevo bien cocido, preparado con poco aceite y servido con tortilla suave, puede funcionar si el niño tiene apetito y tolera los sólidos.

El huevo aporta proteína y otros nutrientes.

Lo importante es cocinarlo completamente y ofrecer una textura apropiada para la edad.

No hace falta cambiar toda la alimentación familiar únicamente porque el niño tiene gripe.

A veces su comida habitual, servida en una cantidad menor, es exactamente lo que necesita.

¿Son mejores los alimentos blandos para niños enfermos?

Depende de los síntomas.

Cuando existe dolor de garganta, las texturas suaves pueden facilitar la alimentación.

Los purés, sopas tibias, avena y yogur suelen requerir menos esfuerzo para masticar o tragar.

Pero si el niño no tiene molestias al comer, no necesita limitarse exclusivamente a preparaciones blandas.

La expresión alimentos blandos para niños no debe entenderse como una dieta obligatoria para cualquier infección respiratoria.

Un niño puede preferir fruta fresca, arroz, tortilla, huevo o algún otro alimento habitual.

La prioridad es ofrecer opciones seguras para su edad, nutricionalmente razonables y que no aumenten sus molestias.

Eso sí, evita alimentos con riesgo de atragantamiento, como uvas enteras, nueces completas o trozos duros, especialmente en menores de cinco años.

Si hay dificultad para tragar, babeo inusual, atragantamiento frecuente o dolor intenso, necesita valoración médica y no simplemente cambiar la textura de la comida.

niños sin hambre

El error de perseguir al niño con la cuchara

Hay algo que ocurre con frecuencia cuando los padres se preocupan por la alimentación.

El niño rechaza la sopa y entonces comienza una especie de persecución doméstica.

Una cucharada frente a la televisión. Otra mientras juega. Una más porque “si no comes, no te vas a aliviar”.

Aunque la intención sea ayudar, presionar puede empeorar la experiencia.

La Academia Americana de Pediatría, mediante sus recursos de HealthyChildren, promueve una alimentación receptiva en la que los adultos ofrecen alimentos apropiados y los niños participan en la regulación de cuánto comen, según su edad y desarrollo.

Durante una enfermedad leve, este enfoque puede resultar especialmente útil.

Puedes ofrecer comida en horarios flexibles, servir porciones pequeñas y permitir que el niño indique cuándo tiene suficiente.

Si rechaza un alimento, retíralo sin convertirlo en un conflicto.

Más tarde puedes ofrecer otra opción.

Eso no significa dejar toda la responsabilidad alimentaria en manos de un niño enfermo. Los adultos deben vigilar hidratación, síntomas y evolución.

Pero tampoco es necesario transformar cada bocado en una prueba de obediencia.

¿Cada cuánto ofrecer comida si casi no tiene hambre?

Una estrategia práctica consiste en ofrecer pequeñas cantidades varias veces durante el día.

No necesitas mantener los horarios habituales de desayuno, comida y cena con absoluta rigidez mientras el niño está enfermo.

Por ejemplo, si al despertar no quiere desayunar, puedes ofrecer líquidos y probar más tarde con unas cucharadas de avena.

Si al mediodía rechaza un plato grande, quizá acepte una pequeña porción de sopa después de descansar.

La frecuencia debe ajustarse a su edad, tolerancia y necesidades individuales.

No existe una cantidad universal de cucharadas que garantice una recuperación adecuada.

Lo que sí conviene evitar es dejar pasar muchas horas sin ofrecer líquidos, especialmente si hay fiebre.

En lactantes, la disminución de tomas merece atención particular, porque pueden deshidratarse con mayor rapidez.

Si un bebé alimentado con pecho o fórmula comienza a rechazar repetidamente sus tomas, consulta con su pediatra.

Cuando hay dolor de garganta, la temperatura importa

Un niño puede rechazar alimentos no porque carezca de hambre, sino porque tragar le duele.

En estos casos, algunas preparaciones frescas o tibias resultan más cómodas.

Un yogur frío, un puré a temperatura templada o un caldo que no queme pueden ser mejor aceptados.

No hay una temperatura perfecta para todos. Algunos prefieren bebidas frescas. Otros encuentran más agradables los líquidos tibios.

Permite que el niño elija entre opciones apropiadas. Evita insistir con alimentos muy calientes, demasiado condimentados o ácidos si le producen ardor.

Y recuerda que el dolor intenso de garganta, especialmente si se acompaña de dificultad para respirar, tragar saliva o abrir la boca, requiere valoración médica.

No debe atribuirse automáticamente a una gripe común.

¿La miel ayuda cuando también hay tos?

La miel puede ayudar a disminuir la tos nocturna en algunos niños mayores de un año.

La Academia Americana de Pediatría menciona su uso como una alternativa para aliviar ciertos episodios de tos asociados con infecciones respiratorias. Sin embargo, nunca debe ofrecerse miel a menores de 12 meses, debido al riesgo de botulismo infantil.

Tampoco sustituye la valoración médica cuando hay dificultad respiratoria, fiebre persistente u otros síntomas preocupantes.

En niños mayores de un año, puede utilizarse en cantidades apropiadas siguiendo recomendaciones pediátricas, pero no es indispensable incorporarla a todos los alimentos. Asi que si es recomendable tener en casa un jarabe para la tos infantil, sin embargo, siempre será recomendable usarlo con precaución y tener la opinión de un médico capacitado.

Y aunque sea natural, sigue aportando azúcares.

No hay motivo para endulzar cada bebida o sopa con miel pensando que así el niño se recuperará antes.

¿Los jugos de naranja son necesarios para recuperar las defensas?

Durante años se ha repetido que un niño con gripe necesita mucho jugo de naranja para recibir vitamina C.

La vitamina C participa en funciones normales del sistema inmunitario, pero consumir grandes cantidades cuando ya comenzó una infección no garantiza que desaparezca rápidamente.

Las revisiones científicas sobre suplementos de vitamina C han encontrado resultados limitados o variables respecto al tratamiento del resfriado una vez iniciados los síntomas.

Y una cosa es obtener vitaminas mediante una alimentación variada; otra, pensar que beber varios vasos de jugo curará una infección.

La fruta entera, cuando el niño la tolera, aporta fibra y otros nutrientes.

Los jugos contienen azúcares naturales y suelen aportar menos fibra que la fruta completa.

La Academia Americana de Pediatría recomienda no ofrecer jugo de fruta a menores de un año y limitarlo en niños mayores.

Si tu hijo quiere naranja, mandarina o papaya, puedes ofrecerlas de manera apropiada para su edad.

Pero no necesita tomarlas a la fuerza.

Lo que realmente conviene vigilar: señales de deshidratación

Cuando un niño come poco, los padres suelen concentrarse en el plato vacío.

Sin embargo, durante una enfermedad, observar cuánto bebe y cómo orina puede ofrecer información más urgente.

Algunas señales de posible deshidratación incluyen:

  • Orinar notablemente menos de lo habitual o pasar varias horas sin orinar.

  • Boca muy seca, ausencia de lágrimas al llorar o ojos hundidos.

  • Somnolencia inusual, debilidad marcada o dificultad para mantenerse alerta.

  • En bebés, menos pañales mojados de lo habitual y, en ciertos casos, hundimiento de la fontanela.

Los CDC incluyen no orinar durante ocho horas entre las señales de alarma de complicaciones de influenza en niños, junto con boca seca y ausencia de lágrimas.

Estas señales requieren atención médica pronta. Si hay somnolencia intensa, dificultad para despertar, problemas respiratorios o incapacidad para beber, busca atención de urgencia.

En México, puedes llamar al 911 ante una emergencia.

No es conveniente esperar a que el niño acepte una sopa para decidir si necesita ayuda.

sintomas de gripe

¿Cuándo el apetito bajo deja de ser una molestia normal?

Una disminución temporal del hambre puede acompañar a distintas infecciones respiratorias.

Pero hay situaciones en las que debe buscarse atención médica sin demora.

La dificultad para respirar, labios azulados, dolor de pecho, confusión, convulsiones o incapacidad para mantenerse despierto son señales de emergencia.

También preocupa la fiebre en un bebé menor de tres meses, especialmente una temperatura de 38 °C o más, que requiere valoración médica inmediata.

En niños mayores, conviene consultar cuando la fiebre persiste, el estado general empeora, hay dolor intenso, rechazo importante de líquidos o signos de deshidratación.

Otra señal que merece atención es que los síntomas mejoren y después reaparezcan con fiebre o tos más intensa.

Si sospechas influenza en un niño pequeño o con enfermedades que aumentan el riesgo de complicaciones, contacta temprano a su pediatra. Los antivirales pueden estar indicados en determinados pacientes y suelen ofrecer mayor beneficio cuando se inician pronto, aunque también pueden recomendarse más tarde en casos graves o de alto riesgo.

Nunca administres aspirina a niños con una infección viral salvo indicación médica muy específica, debido a su asociación con el síndrome de Reye.

¿Y si el niño tiene diabetes u otra enfermedad crónica?

Aquí las recomendaciones cambian.

Un niño con diabetes tipo 1, por ejemplo, puede necesitar insulina incluso cuando está comiendo poco.

Las enfermedades pueden modificar sus necesidades de insulina y aumentar el riesgo de alteraciones de glucosa o cetonas.

Por eso, su familia debe seguir el plan médico para días de enfermedad, que puede incluir mediciones adicionales de glucosa y cetonas, hidratación y pautas específicas de tratamiento.

No se debe suspender la insulina basal por cuenta propia.

Los niños con enfermedades renales, problemas metabólicos, dificultades para tragar o tratamientos que afectan al sistema inmunitario también pueden necesitar indicaciones alimentarias especiales.

En estas circunstancias, no basta con ofrecer sopa y esperar.

Conviene contactar al equipo médico para adaptar la alimentación e hidratación de manera segura.

Preparar menos comida también puede ayudar

Hay un detalle muy práctico que suele olvidarse.

Cuando un niño está enfermo, preparar un plato enorme puede generar presión incluso antes del primer bocado.

Un tazón pequeño de caldo, unas cucharadas de arroz o una porción reducida de puré pueden resultar menos intimidantes.

Si tiene más hambre, siempre puedes servir otra cantidad.

También ayuda mantener los alimentos sencillos.

No hace falta cocinar tres recetas diferentes para descubrir cuál acepta.

Ofrece una o dos opciones conocidas y deja espacio para que el niño descanse.

Si rechaza la comida, guárdala adecuadamente cuando corresponda y vuelve a intentarlo más tarde.

La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos y el USDA recomiendan no dejar alimentos perecederos durante más de dos horas a temperatura ambiente, o una hora si la temperatura supera los 32 °C.

Esto resulta especialmente útil cuando una sopa permanece mucho tiempo sobre la mesa mientras la familia intenta convencer al niño de comer.

La comida puede recalentarse de forma segura cuando se ha almacenado correctamente.

Pero un plato olvidado durante horas no debería seguir ofreciéndose indefinidamente.

El apetito suele regresar a su propio ritmo

Una de las señales que tranquilizan a muchas familias es observar que el niño comienza a pedir alimentos por iniciativa propia.

Quizá primero solicita agua. Después acepta unas cucharadas de sopa. Más tarde pide una tortilla o un poco de fruta.

No siempre sucede de golpe.

El apetito puede regresar gradualmente conforme disminuyen la fiebre, la congestión y el malestar.

Cuando esto ocurre, puedes retomar poco a poco sus comidas habituales, ofreciendo variedad de alimentos y respetando su tolerancia.

No es necesario compensar cada comida perdida con porciones enormes.

La recuperación nutricional depende del conjunto de la alimentación y del estado de salud, no de obligarlo a terminar un plato gigantesco al día siguiente.

Si persiste una falta marcada de apetito después de que mejoraron los demás síntomas, hay pérdida de peso o notas que el niño sigue decaído, conviene consultar con su pediatra.

A veces cuidar significa retirar el plato y sentarse a su lado

Hay una idea que cuesta mucho abandonar: si un niño está enfermo, tiene que comer para mejorar.

La alimentación importa, desde luego. Pero insistir sin descanso puede convertir una molestia temporal en una experiencia angustiante.

Un niño con fiebre, congestión y dolor de garganta no necesita escuchar cada diez minutos que debe terminar su sopa.

Necesita líquidos adecuados, descanso, alimentos que pueda tolerar y adultos capaces de reconocer cuándo algo no marcha bien.

Quizá hoy solo quiera un poco de caldo y unas cucharadas de puré. Mañana podría pedir arroz con pollo. Después, cuando vuelva a sentirse mejor, regresará el apetito que parecía haberse perdido entre pañuelos y cobijas.

Mientras tanto, ofrecer comida con paciencia no significa descuidar su nutrición.

Significa comprender que la enfermedad cambia temporalmente las necesidades y el interés por comer.

Así que la próxima vez que tu hijo deje intacto su plato durante una gripe, antes de insistir con otra cucharada, observa cómo se encuentra.

¿Está tomando líquidos? ¿Orina normalmente? ¿Responde y se comporta de manera habitual? ¿Tiene síntomas que requieren atención médica?

Esas preguntas pueden ayudarte mucho más que contar cuántas cucharadas faltan.

Y si todo marcha razonablemente bien, quizá puedas guardar la sopa, acomodarle la cobija y volver a ofrecerle algo más tarde.

Porque algunas veces, la mejor manera de alimentar a un niño enfermo comienza por dejar de pelear con su apetito.